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“—¿No me contestas, Miguel? ¿De veras no tienes novia? Era el crepúsculo. Entre la hacienda de los Samaniego y la casa solariega de los Vega, sólo había un paso, como un paréntesis, en el cual tenía ahora lugar la conversación. Había un pequeño prado al extremo de la carretera y allí enclavada una gran piedra. En ésta se hallaba sentada Marige, vestida con una falda de lana oscura, una chaqueta de punto, un pañuelo en torno al cuello y el velo de tul en la cabeza. Venia del rosario como todas las tardes y Miguel, que espiaba su paso, siempre salía al camino y ambos departían un buen rato. Mas, aquella tarde, la conversación tomaba derroteros diferentes y Miguel se dijo que si no hablaba en aquel momento, no lo haría en el resto de su vida.”